Mujeres en el siglo XX

Una de las revoluciones vividas el pasado siglo fue sin duda el cambio del papel de la mujer en la sociedad. Sin embargo, tendemos a olvidar ese largo recorrido, imaginando a la mujer de antaño con unas libertades similares a las de ahora. Deberíamos ahondar un poco más en la cuestión, ¿cuál es la historia de aquellas que vivieron hace cien años y con qué impedimentos se encontraron? ¿Hasta qué punto solemos obviar la transformación social que se produjo?

Algo tan elemental como llevar pantalones, hacer uso de tu propio pasaporte o acceder a tus bienes en un banco resultaba impensable en el siglo pasado. Tampoco podías heredar ni poner una demanda judicial. No hablemos ya de cuestiones más serias, como es el acceso a una educación, el poder ejercer una profesión para la que hubieras estudiado, el divorcio, el aborto o el sufragio femenino.

Manifestación a favor del derecho de la mujer a votar – Nueva York, 1917

Probablemente haya que empezar esta vista hacia atrás con la incorporación de la mujer al trabajo, lo cual se produjo en gran medida como consecuencia de las guerras mundiales. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de estas primeras mujeres asalariadas trabajaban sin contrato, en empleos sin cualificación y mal remunerados. La necesidad hace que algunas mujeres abandonen su rol de amas de casa, y quizá esto comienza a cambiar la mentalidad, de modo que a su vez van a aparecer dos factores claves: el aumento de la tasa de escolaridad femenina y una disminución de la tasa de natalidad.

La incorporación de la mujer al mundo laboral podría llevarnos a pensar que estas comenzaron a disfrutar de cierta independencia económica, lo cual, en la inmensa mayoría de los casos, no fue así. La mujer necesitaba tener un permiso de su marido, una licencia marital, para ejercer el comercio o sacar dinero. Además, cuando se casaba, el marido pasaba a ser el administrador no solo de sus bienes gananciales (los obtenidos por ambos durante el periodo de casados), sino también de sus bienes privativos (es decir, los que poseía la mujer antes del matrimonio). La ley de licencia marital no fue derogada hasta el año 1975, en cuyo proceso jugó un importante papel la jurista María Telo. Así que, la próxima vez que nos creamos muy avanzados en cuanto a progreso, deberíamos pensar que, como mujeres, solo hace cuarenta y dos años que contamos con la libertad de acceder a nuestro propio dinero, lo cual constituye un factor determinante para obtener cualquier otro tipo de libertad.

Sufragistas en la calle de Alcalá – Madrid, 1932

Me parece de especial interés observar la situación de la mujer universitaria del siglo pasado. Si ya resultaba extraño que una mujer quisiera cursar unos estudios superiores, era completamente inimaginable que dicha mujer pretendiera trabajar de aquello para lo que había estudiado. La educación superior femenina era vista como un extraño hobby al que recurrían mujeres con recursos, nunca como un medio para mejorar su condición social y económica, pues en este último aspecto seguían dependiendo de una figura masculina para la administración de sus bienes. No fue hasta 1910 que la mujer pudo matricularse en estudios universitarios del mismo modo que un hombre. Aunque resulta decepcionante añadir que, durante la primera mitad de siglo, rara vez el porcentaje de mujeres universitarias superó el 10%. Creo conveniente destacar las figuras de Dolores Aleu, primera mujer en licenciarse en Medicina o Concepción Arenal, quien asistía a sus clases de Derecho disfrazada de hombre.

Una de las instituciones que fomentó el desarrollo cultural y social de la mujer fue el Lyceum de Madrid, fundado en 1926 y presidido por María de Maeztu. Este proyecto, sin embargo, no sobrevivió a la llegada de la dictadura.

Otro aspecto que puede llamar nuestra atención es el tema del divorcio, algo que hoy vemos tan natural. Sin embargo, a pesar de que durante la II República se promulgara una Ley de Divorcio en 1932, esta fue derogada en 1939. Como consecuencia, un matrimonio no podía divorciarse hasta hace treinta y seis años.

Imagen de la Acción Feminista Dominicana

Por último, considero que el paso más grande y el que merece más atención es el reconocimiento de derecho de voto de la mujer. La llegada del sufragio femenino es, a mi modo de ver, lo que verdaderamente ha marcado un antes y un después en el reconocimiento de nuestros derechos.

En 1931, durante la II República, comienza a debatirse en las Cortes si debe concederse el voto femenino. Destacan en este debate las figuras de Clara Campoamor y Victoria Kent. Mientras que Clara Campoamor consideraba que era necesario dar el voto a las mujeres lo antes posible, Kent se oponía argumentando que la mujer se encontraba sometida bajo la influencia de la Iglesia, por lo tanto, su voto sería más conservador y perjudicaría a la República, pues tal vez supusiera la vuelta a la monarquía. Otros hombres argumentaron motivos similares, negándole a la mujer un derecho fundamental por considerarla inferior y no a favor de los intereses del momento. Novoa Santos decía:

A la mujer no la domina la reflexión y el espíritu crítico. La mujer se deja llevar por siempre por la emoción.

No sabemos a qué mujeres había conocido el pensador gallego. Aun independientemente de una u otra ideología presente en el momento, no puedo encontrar justificable el hecho de que se prive de una libertad individual, un derecho fundamental, a la espera de que su concesión favorezca los intereses de los en ese momento gobernantes, lo cual, para nuestra desgracia, ha sucedido demasiadas veces a lo largo de la historia, perjudicando así el valor de lo que realmente significa una democracia. Unos y otros quisieron dar el voto a la mujer en el momento en el que tal poder repercutiera en su propio beneficio, en lugar de reconocerles el derecho a explotar al máximo su criterio y decidir sobre su futuro.

Protesta por los derechos de la mujer – Reino Unido, 1913

La Iglesia, y posteriormente los valores del franquismo, siempre tuvieron mucho que decir acerca del papel de la mujer como ama de casa, sin ambiciones más allá de ser una buena madre y una buena esposa. La posibilidad de librarse de esa condición de inferioridad social y sumisión era automáticamente el acceso al derecho a voto, lo cual posibilitaría otros futuros cambios en beneficio de la igualdad. ¿Acaso tenían las mujeres que esperar que los hombres lucharan por la defensa de sus intereses?
Finalmente, se impuso la postura de Clara Campoamor que defendía la concesión del derecho de sufragio universal para hombres y mujeres. Las mujeres pudieron votar por primera vez en unas elecciones generales en España en 1933.

En el resto del mundo, el siglo XX también estuvo marcado por el movimiento de las sufragistas. Algunos de los primeros países en tener sufragio universal masculino y femenino fueron Nueva Zelanda o Australia. Por el contrario, en algunos países con gran tradición democrática como Suiza, esto no fue posible hasta los años setenta. Por fin, se consiguió la participación de las mujeres en la vida política, la concesión de una voz y el derecho a defender sus ideales en persecución de esa igualdad que durante tantos siglos se les había restringido. Aún queda mucho camino por recorrer, pero el avance del siglo pasado fue uno de los más grandes en la historia. Gracias, mujeres luchadoras del siglo XX, por dejar de ser lo que se esperaba de vosotras y comenzar a elegir por vosotras mismas. Por defender vuestros derechos, por dar pasos agigantados que en la época parecían imposibles, por allanar el camino de la sociedad que venía después y por alzar la voz.

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